viernes, 27 de diciembre de 2013


Apurados, anhelantes, ambiciosos, anestesiados. Demasiado ocupados como para militar, demasiado tibios como para jugárnosla, demasiado cómodos como para cuestionar la paranoia colectiva que nos vomitan la calle, la tele, el diario.
 
A medias, siempre a medias. Como la nena del cuento que debía ir vestida y no vestida, peinada y no peinada, a caballo y no a caballo. Sujetos a mandatos sociales que nos abruman y de los que nos encantaría prescindir -pero sin esfuerzo, con un clonazepam y una red social a mano.

 ¿Cómo decía ese famoso texto de  Octavio Paz? “Tengo prisa. Aunque no me mueva de mi silla ni me levante de la cama. Aunque dé vueltas y vueltas en mi jaula. Clavado por un hombre, un gesto, un tic, me muevo y remuevo. Todo lo que me sostiene y sostengo sosteniéndome es alambrada, muro. Y todo lo que salta mi prisa”.

Así estamos, así vivimos.

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